Ciencia y humanismo. Una historia de hace más de 2000 años.

Este blog, en cierto sentido, representa un reto. A lo largo y ancho de la red, hay cientos de páginas web que hablan
de ciencia en varios modos, profundizando aspectos diferentes. Muchísimas son las webs de noticias (Materia, NCYT, FECYT, SINC, entre otras), seguramente menos las de divulgación en sentido estricto (Evoluciona.org, Naukas). Además, están lo blogs. La gran mayoría de ellos
 están enfocados a defender, de forma más o menos rigurosa, un punto de vista individual o colectivo sobre algún tema en concreto (The oil crash, Yo Soy NuclearEl Neandertal tonto ¡Qué timo!). Muy pocos ofrecen reflexiones personales de carácter general (La Máquina de Von Neumann). Otros siguen desde cerca la actividad de una institución (Blog científico del MEHEl bloc de les activitats de l’IPHES). Unos cuantos aun abordan problemas relacionados con la política científica (Ciencia Crítica, #CienciaConFuturo) o con la socialización del conocimiento (Observatori de les Dues Cultures).

Observando este intrincado panorama cabe preguntarse: merece la pena crear uno más? Quizá sí. Lo vamos a intentar. Nos posicionamos dentro de esta frontera rara que separa ciencia y humanismo, y que se parece un poco a una trinchera. Aquí dentro, como buenos topos, nos ponemos a excavar. Buscamos personas dedicadas a la investigación, bloggers, o simplemente amantes del conocimiento que tengan algo interesante que decir desde esta perspectiva. Historias que valgan no solamente el tiempo que se tarda en leerlas, sino también el trabajo que cuesta contarlas. Para el lanzamiento creemos haber encontrado una muy buena, que además nos ha inspirado el título “Antikythera. Útiles para la ciencia abierta . Aquí la tenéis. En esta entrada va el primer capítulo. Habrá un segundo.

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MÁS ALLÁ DE “LAS DOS CULTURAS”

La investigación y las reflexiones de Lucio Russo (Venecia, 1944) son increíblemente afines, nos parece, a los objetivos de este blog y a los de la Cátedra de Ciencia y Humanismo. Filólogo y matemático, historiador de la ciencia y físico, animado por un profundo interés por la historia antigua, su perfil es seguramente polifacético, y así es también su trabajo.

Russo se ha dedicado durante mucho tiempo a reconstruir ideas científicas de autores antiguos de los cuales no nos ha llegado ninguna obra completa, a menudo pocos fragmentos mal traducidos y alterados. Teniendo que enfrentarse a un régimen de escasez de fuentes muy restrictivo, el aspecto más interesante de su metodología es el paciente rastreo mediante el análisis filológico de cualquier información que pueda encontrarse oculta en textos literarios. En otras palabras, utilizar el análisis del lenguaje para hacer historia de la ciencia a través de la literatura que en su momento se alimentó de esa ciencia.

Muchas veces se trata de parodias de opiniones no compartidas, otras de novelas de viaje derivadas de la superposición de informes que relataban exploraciones geográficas. Los resultados son sorprendentes pero, pensándolo bien, la idea de por sí no lo es tanto. ¿Por qué entonces no se había intentado antes? Russo señala algo que puede ayudarnos a encontrar una respuesta:

[…] La creciente incomunicación entre las llamadas “dos culturas” trae consigo un desinterés generalizado por la Historia Antigua entre las personas con formación científica; mientras los clasicistas muy raramente son capaces de percibir [las huellas escondidas
entre las páginas de sus textos] ya que los instrumentos intelectuales típicos del método científico, […] les son casi siempre ajenos 
2

Esta situación tiene consecuencias más graves y más relacionadas de lo que se podría creer con nuestro futuro como civilización, lo cual en un mundo globalizado acaba siendo sinónimo de nuestro destino de especie. Para aclarar este punto tenemos que profundizar un poco más.

REVOLUCIÓN, DECLIVE, OLVIDO

La manera elegida por Russo para dar a conocer su trabajo no es la que se consideraría obvia para un académico de nuestros tiempos, la publicación de artículos y ensayos en revistas especializadas más o menos internacionales. Los sectores disciplinares no encajan con su investigación que se coloca en una muy poco poblada intersección entre varios campos del conocimiento. El proceso de revisión sería complicado y el fantasma de la incomunicación volvería a meterse de por medio. Mejor los libros, nos explica, publicados con editoriales generalistas así que cualquiera puede entrar en una librería y comprarlos. Es un esfuerzo por hacer cultura en el sentido noble de la palabra. Por contrario, no tendría mucho sentido producir publicaciones académicas que, como aclara en su libro “La cultura componible. De la fragmentación a la disintegración del saber“, no tienen ninguna circulación fuera de las bibliotecas de los departamentos universitarios y sólo las leen otros autores cuando van a publicar ensayos similares y se encuentran obligados a citarlas si no quieren enfrentarse a desagradables represalias. Esta otra vía tiene ventajas pero también desventajas ya que para cruzar las fronteras de cada estado hace falta buscar un traductor y, en muchos casos, un nuevo editor.

Portada de la versión inglesa.

De hecho, por aquí se le conoce poco o nada al no haberse traducido nunca sus obras a ninguna lengua del estado español. De su primer libro, La Revolución Olvidada (La Rivoluzione Dimenticata, Feltrinelli 1996) la editorial Springer publicó hace unos años una edición inglésa (2004) y una alemana (2005), y existen también traducciones al polaco y al griego. Si no se domina ninguno de estos idiomas, es todavía posible hacerse una idea leyendo – y os recomendamos hacerlo, de verdad – la reseña publicada el 12 de enero de 2009 en el multipremiado blog “Eureka” de Daniel Marín o también, para quien quiera entrar más en detalle, el ensayo publicado en la revista Quaderns de Filologia. Estudis lingüístics por dos investigadores de la Universidad de Valencia, Chantal Ferrer Roca y Andrea Bombi (PDF). Al fin de aclarar por que nos interesa este libro en concreto, nos parece muy adecuado utilizar las palabras del mismo Daniel Marín:

Russo nos cuenta la historia de una revolución olvidada durante dos mil años, una revolución que cambió por completo nuestra forma de ver el Universo y que sólo ahora empezamos a valorar en todo su esplendor. Y es que algo maravilloso ocurrió en las orillas del Mediterráneo oriental en el siglo III a. C.: el nacimiento del método científico.

No se trata, pues, de afirmar que los grecorromanos tenían algún conocimiento acertado, conseguido no se sabe muy bien cómo, acerca del sistema solar o de los cuerpos flotantes, sino de una tesis mucho más rompedora.

El método científico no surge de la nada y su existencia supone todo un contexto bastante alejado del escenario estereotipado con Aristóteles y Platón especulando ojos al cielo (eso posiblemente fue antes, hasta el siglo IV a. C.) y los Romanos construyendo obras de ingeniería copiando un poco de todos los pueblos sometidos con la ayuda de su renombrada astucia (eso fue después). En el medio hubo algo distinto.

Durante casi dos siglos, desde la muerte de Alejandro Magno (323 a.C.) hasta el saqueo y la destrucción de Corinto por los Romanos (146 a.C.), es decir, la primera parte del periodo helenístico, los seres humanos de una parte del globo desarrollaban teorías científicas, con sus corolarios de modelos matemáticos, objectos abstractos, aproximaciones, experimentos, medidas cuantitativas, tecnologías derivadas de conocimientos teóricos y aplicada a los campos más diversos, de la navegación a la minería, de la agricultura al sector militar.

Tras las conquistas de Alejandro, los dominadores helenos administran directamente los saberes poseídos por las civilizaciones mesopotámicas y egipcia para controlar sus inmensos territorios, con efectos decisivos en la relación entre teoría y práctica.

Tornillo de Arquímede.

Tornillo de Arquímedes. Fue utilizado como sistema para
elevar agua, harina o grano.

Russo da cuenta de la existencia de sifones, émbolos de vacío, diferentes tipos de válvulas, y bombas hidráulicas. Y también de piezas mecánicas como tornillos de precisión, engranajes demultiplicadores, o árboles de levas que transforman el movimiento circular en lineal alternado. No sorprende que se desarrollaran dispositivos mecánico-hidráulico-neumáticos, como expendedoras de líquidos que funcionaban con monedas, relojes de agua basados en un mecanismo similar al de nuestra eficiente cisterna del WC u otros dispositivos más sofisticado3

Fragmento principal de la máquina de Anticitera.

Fragmento principal de la máquina de Anticitera, una calculadora mecánica de bronce diseñada para prever la posición del Sol, la Luna, y algunos planetas, permitiendo predecir eclipses.

Todo eso podía funcionar porque los científicos tenían una relación privilegiada con los monarcas y los estados financiaban la investigación, había instituciones científicas y una comunidad de intelectuales que vivían en las mayores ciudades de la época – de Cartago a Alejandría y Babilonia, y más allá, en la Persia y en la India, y en el medio Siracusa, Corinto, Pérgamo, Atenas, Rodas … – y compartían ideas y nociones utilizando una lengua franca: el griego común.

En este limitado período de tiempo vivieron todos los nombres más famosos 4:

  • Arquímedes (287-212 a. C.). Abordó todo tipo de cuestiones de carácter físico-matemático y numerosos problemas tecnológicos, el cálculo combinatorio, diferentes problemas mecánicos o estudios de hidrostática;
  • Euclides (325-265 a. C.). Recopiló en Los elementos los principios de geometría, presentándolos de forma axiomática y en términos de entidades abstractas (puntos, rectas, etc.);
  • Aristarco de Samos (310-230 a. C.). Midió las distancias y tamaños de la Luna y el Sol relativos a la Tierra, encontrando al Sol mucho más grande que ésta; formuló la teoría heliocéntrica;
  • Eratóstenes (276-194 a. C.). Bibliotecario del museion (Biblioteca) de Alejandría, es conocido por su tratado de Geografía y por su correcta determinación del meridiano terrestre;
  • Hiparco de Nicea (190-120 a. C.). Sucedió a Eratóstenes como director de la Biblioteca de Alejandría. Elaboró un catálogo de 850 estrellas, clasificadas según su brillo aparente, tal como se hace en la actualidad; midió el año con un error de 6,5 minutos; descubrió la precesión de los equinoccios; calculó la distancia de la Tierra a la Luna; desarrolló una teoría que explicaba las irregularidades del movimiento de la Luna por el cielo debidas a su órbita elíptica (relacionado con el caso de la máquina de Anticitera);
  • Ctesibio (trabajó 285-222 a. C.) y Filón de Bizancio (280-220 a. C.), iniciadores de la escuela mecánica alejandrina;
  • Herófilo (335-280 a. C.) y Erasístrato (304-250 a. C.), introductores del método experimental en anatomía y fisiología,

sólo por citar los más conocidos. La manera habitual de hablar de estas figuras ha sido siempre la de describirlos, volviendo a robarle las palabras a Daniel Marín,

[…] como genios aislados y excéntricos sin ninguna o escasa conexión con el mundo en el que vivían (véase el folclore que rodea la figura de Arquímedes). La aparición de un genio puede ser fortuita, pero para que surjan varias decenas deben darse unas condiciones socioculturales adecuadas.

Si todo eso es cierto – y hay muy buenos argumentos para creer que lo sea, aunque aquí no vamos a entrar en detalle y nos conformamos con asegurar que el escenario es sin duda plausible y volver a recomendar el artículo de Ferrer Roca y Bombi – estas condiciones socioculturales no sólo se dieron, persistieron durante cierto tiempo y por fin dejaron de existir y fueron olvidadas, junto con mucha parte del saber que mientras tanto habían permitido generar.

LA MORALEJA

Lo que causó semejante desastre, nos explica Russo, fue una crisis general del sistema político-económico de los estados helenísticos que conllevó un “fallo en la transmisión del conocimiento”.

Las nuevas élites romanas del siglo II y I a. C. sólo estaban interesadas en la tecnología de los pueblos sometidos y se despreocuparon de la investigación acerca de los fundamentos teóricos. Por consiguiente, en la primera fase de la Edad Imperial, el desarrollo tecnológico llegó a su máximo, por lo menos en términos cuantitativos, mientras que las ciencias exactas experimentaron una caída considerable. El desacople entre ciencia y tecnología pudo funcionar durante un tiempo porque había margen para introducir mejoras en la máquinas a base de empirismo puro, pero a largo plazo la calidad tecnológica no podía sino bajar. Por ejemplo, el alcance de las catapultas de torsión se fue reduciendo  hasta que dejó de ser conveniente construirlas. Un par de siglos después, la investigación científica fue retomada por personalidades como Héron o Ptolomeo, pero el nivel era mucho menos avanzado comparado con el del periodo helenístico y no por falta de inteligencia de los nuevos investigadores, sino simplemente porque el método científico no se puede aprender sin practicarse y la ciencia no se puede conservar sin avanzar 5.

Por aquel entonces, ya no quedaban intelectuales capaces no sólo de escribir un texto de filosofía o de matemáticas, sino tampoco de entenderlo. Los nuevos sabios y eruditos romanos carecían de las herramientas intelectuales imprescindibles para acercarse a autores como por ejemplo Euclides y Hiparco, o también Zenón de Citio, fundador de la escuela estoica, y Epicuro. Así pues, confundiendo metáfora y descripción, modelos teóricos y realidad, informes científicos y mitos, malentendieron, malinterpretaron y, por ende, seleccionaron unas cuantas – pocas – obras de divulgación o en recopilaciones y las tradujeron de manera poco fiable. Esta actitud tan peculiar de los Romanos ya le había llamado la atención al historiador de la ciencia Alexandre Koyré hace más de medio siglo cuando la describió como algo

de una importancia capital y, aunque conocido, no siempre señalado: la indiferencia casi total del romano por la ciencia y la filosofía. […] es verdaderamente asombroso […] que no produciendo ellos mismos nada, los romanos no hayan experimentado siquiera la necesidad de procurarse traducciones.

La primera parte de la moraleja de la historia es bastante obvia: por poco que se tarde en destruir, la recuperación siempre será un proceso arduo, lento, y inevitablemente parcial. La segunda parte quizá sea un poco más difícil de aceptar: los avances de una civilización, incluso los más revolucionarios, incluso la ciencia, no tienen porqué ser para siempre. En palabras de Ferrer Roca y Bombi:

el análisis de la desaparición del mundo helenístico y su reiterado olvido desenmascara la falsedad del mito del progreso continuo en el campo científico y tecnológico, y alerta sobre la fragilidad de la cultura científica y el racionalismo, cuyo destino no es diferente al del humanismo y la cultura.

Una crisis, un colapso cultural, un fallo macroscópico en la cadena de transmisión maestro-discípulos, y se pueden echar a perder conocimientos acumulados durante siglos. Puede que hasta desaparezca toda una visión del mundo, que la tierra encoja, vuelva al centro del universo y por fin sea aplastada convirtiéndose otra vez, por lo menos para la gran mayoría de la población, en la tortilla que había dejado de ser muchísimo tiempo atrás, con los monstruos marino esperándonos apenas crucemos las Columnas de Hércules. Así pasó entonces y no hay garantía que no vuelva a pasar, aunque con las debidas diferencias, por supuesto. De hecho, según Lucio Russo, es muy posible que algunos ingredientes básicos para que eso ocurra ya están presentes en sociedades actuales tan desalfabetizadas científica y humanísticamente.

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1 – Daniel Marín es astrofísico y divulgador científico. Ha recibido el Premio Bitácoras 2012 al mejor blog en lengua hispana en la categoría de ciencia (Eureka) y el Premio Naukas 2013 al mejor blog de divulgación científica. Actualmente se blog se encuentra en la red Naukas en esta dirección.

2 – […] l’aggravarsi dell’incomunicabilità tra quelle che sono state dette le “due culture” fa sí che oggi le persone con formazione scientifica spesso non siano interessate alla storia antica, mentre i classicisti ben raramente possono rendersi [delle tracce nascoste tra le linee dato che gli] strumenti intellettuali, tipici del metodo scientifico, […] sono loro quasi sempre estranei.
(L’America dimenticata, p.76, Mondadori 2013)

3 – C. Ferrer Roca y A. Balbi. El texto sigue con una mención de la máquina de Antikythera (Anticitera en castellano):

Merece especial atención la máquina de Anticitera. Los restos de este mecanismo se encontraron en 1902 en un barco hundido cerca de Creta […] se han identificado al menos 32 engranajes, algunos de ellos diferenciales, que ponían en movimiento un complejo reloj-calendario que indicaba las posiciones de la Luna, el Sol y los planetas a lo largo del año. Esta pieza arqueológica excepcional da credibilidad a las noticias referidas por Cicerón sobre el planetario de Arquímedes. Según el historiador de la ciencia François Charette, el mecanismo de Anticitera, de estupefaciente sofisticación tecnológica, “es un útil recordatorio de que la historia raras veces sigue recorridos sencillos y lineales”.

Para más información sobre la máquina de Anticitera consultar el “About” de este blog.

4 – Las fechas de nacimiento y fallecimiento que acompañan los nombres, en la mayoría de los casos, son estimaciones aproximadas. La fecha de la muerte de Arquímedes se conoce con exactitud y sobre la de su nacimiento hay cierto acuerdo general en aceptar que es el 287 a. C. La del fallecimiento de Eratóstenes también es bastante cierta. Todas las demás no están confirmadas y sólo las indicamos al fin de dar una idea del orden cronológico de la actividad de estos científicos.

5 –  Il rapporto tra scienza e tecnica nel mondo ellenistico e romano, pp. 23-29 en “Innovazione tecnica e progresso economico nel mondo romano”, Edipuglia 2006.

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